Leithient (akivah) wrote,
Leithient
akivah

Paulo Coelho. El Zahir

Planeta, 2005
Traductora: Ana Belén Costas

Hace varios meses que me ronda por la cabeza la pretenciosa idea de que, con eso de entender algo más de libros, ya no puedo disfrutar con el típico libro del típico escritor que se recomienda en la típica librería no especializada. No sé bien si para dejarme en ridículo o por la excepción que confirma la regla —que siempre es igual de oportuna— el caso es que una de esas casualidades (1) que tiene la vida me ha llevado a leer por segunda vez el penúltimo libro de Paulo Coelho y ver que me ha conmovido como la primera vez que lo leí, y que el final me ha resultado tan decepcionante como la primera vez, aunque ahora sepa que es por error mío (ya saben, soy una retrógrada) y algunas cosas más que me llevan a la conclusión de que, o he tenido mala suerte con las lecturas que he hecho ajenas a las relacionadas con el temario universitario-pedante, o tengo algunos pájaros en la cabeza y, por tanto, he de irme de cacería antes de volver a hacer afirmaciones categóricas. De todas formas, y esto nuevamente en clave de contarles mi vida, creo que va a ser difícil que algo vaya a entusiasmarme tanto como los noventayochistas. Odio las frases hechas de este tipo, pero supongo que c'est la vie, a pesar de no tener ni puñetera idea de francés.
Me dejo de palabrería y anoto algunos pensamientos que tuve en su día puestos en contraste con los de la segunda lectura. O algo de eso. Mientras leía por primera vez, la historia me absorbió con bastante fuerza y iba pensando que estaba pasando muchas cosas por alto sólo para llegar al final y ver si el escritor protagonista (¿algo autobiográfico?) encontraba a su mujer, o a su ex mujer, o si fracasaba contra todo pronóstico (las historias tienen final feliz y más si son de Coelho). Esas cosas que se van dejando al margen son las enseñanzas que tanto recuerdan a las fábulas intemporales que se estudian en los institutos. Imagino también que, igual que yo me encuentro ante ellas en un término medio —no me resultan repulsivas pero, si son muy abundantes, terminan agobiándome—, habrá quien necesite que se las estén recordando continuamente y quienes tirarán estos libros a la basura porque les den repeluco. Aquí, al contrario que sucede con El alquimista, aunque a la vez con muchos puntos en común (el viaje, el final del viaje, verbigracia), no narra toda una historia para dejar caer en las últimas páginas un consejo lapidario que ponga solución a nuestras vidas. No, parece que va esparciéndolos en prudentes dosis. Eso hace que no cierres el libro queriendo cambiar el mundo (y no siempre porque hayan hecho efecto, ya digo, si lo lee alguien anti-estas-cosas posiblemente quiera asesinar a su madre, pero ya es un cambio).
No es mucho, pero es una de las cosas que más me han impactado. La historia en sí no tiene demasiado interés, por lo que resulta difícil reseñarlo: se explica bastante bien en la contraportada del libro, ¿para qué repetir, pues, con palabras mediocres lo que expertos han resumido de manera adecuada?
Sí voy a destripar, y perdonadme, las primeras páginas, las que no tienen nada que ver con lo que se cuenta (miento, guardan relación con el final) y más me motivaron cuando lo leí, aquella vez hace un año, y ahora: «Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca / debes rogar que viaje sea largo / (...) No has de esperar que Ítaca te enriquezca: / Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.»

(1) Reflexionando sobre esto, acabo de darme cuenta de que, todos aquellos que dicen no creer en las casualidades —que por tanto afirman tácitamente que esas cosas pasan por una razón y están puestas ahí por una mano invisible con una misión concreta— son los primeros que afirman ser dueños exclusivos de su vida y no creen en ningún tipo de Dios. A ver, almas de cántaro, ¿no es un poco contradictorio?
Tags: libros
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