April 16th, 2007

valleinclan

William Golding. El señor de las moscas

Alianza Editorial, 2006
Traductora: Carmen Vergara

Brevedad y angustia. Estas dos palabras son las que escogería para describir el libro de la manera más sucinta posible. Brevedad, no tanto por lo escueta, que mis cinco o seis horas me ha mantenido con los ojos abiertos, sino por hacer que esas horas fueran poco suficientes para sumergirme en el universo de la novela. Que, dicho sea de paso, lejos está de ser el Quijote de las letras anglosajonas, como dicen por ahí, aunque no pretendo ser yo quien ponga en tela de juicio su calidad literaria.
Y angustia por lo evidente. Que «los seres humanos damos asco» es lo menos indecoroso que se me vino a la mente cuando había recorrido las últimas líneas del penúltimo párrafo (ya en la página 339), perpleja. No era la primera vez que lo pensaba.
Lo más evidente que puede decirse es que se trata de un libro que lleva a la reflexión, con un intenso momento de incomprensión e histeria en el capítulo nueve que sirve como corolario a todas las sensaciones que despierta. Y esto es a lo que me refería en el párrafo anterior. Es, probablemente, el capítulo más duro.
Aspectos estilísticos mejor verlos después de la trama argumental:

Un grupo de ingleses, de entre 6 y 12 años, se encuentra solo en una isla, sin la certeza de que vayan a ser rescatados —y no sé si esta concordancia ad sensum estará permitida.
La pérdida de la inocencia se va haciendo cada vez más evidente entre las dudas, el odio y los intermitentes momentos de incomprensible tristeza. La «escisión» del grupo enfrenta al lado salvaje del ser humano y al racional.
Sobre las distintas lecturas que se han dado, poco puedo decir. La agresividad como algo propio del ser humano o como defecto que se saca a relucir al levantarse el cerco de unas leyes morales represivas. Quizá un poco de ambas.

Y ahora sí, estilísticamente tengo poco que objetar. No me resultan desagradables las paradójicas descripciones de la belleza de la isla frente a la crueldad de los hechos que allí se iban aconteciendo, pero tampoco las hubiera echado en falta. Sí me parecen un intento por descafeinar el asunto que simplemente llama la atención, aunque también acompaña a que la destrucción de lo más bello que encuentran aquellos niños en la isla tenga ciertas reminiscencias simbolistas. En fin, fuego y humo.